EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS POR MARTA GALATAS

    Parar. Tenemos que parar este ritmo frenético que nos deja sin energía. El calor, todos sentimos este calor asfixiante de la ciudad. No podemos dormir, hasta respirar nos cuesta. Estamos estresados, cansados, y con ansiedad. ¿Cuántos de vosotros os identificáis con este estado? Necesitamos desconectar. Los pensamientos fluyen sin control, unos tras otros, como si la mente formara parte del sabio mecanismo de un reloj. Una máquina perfecta, programada para continuar y continuar, sin descanso, ajena a nuestra voluntad, lejos de nuestro entendimiento, fuera de nuestro dominio. El Dalai Lama dice que la mente es como un caballo salvaje al que tenemos que domar. ¿Pero, cómo se doma la mente? 

    El Imperio de los Sentidos por Marta Galatas: Un Viaje hacia la Paz Interior y la Felicidad.

    Descubrí, por casualidad, un maestro. Y no me quiero meter en esto de las casualidades/causalidades porque me desvío. Sí mencionar que hay un poder superior, algo o alguien, o puede que seamos nosotros mismos, nuestra energía, que actúa como radar y cae justo, en cada momento, sobre lo que necesitamos encontrar para nuestra evolución, para la evolución de nuestra alma. 

    Meditación: Un camino hacia la paz interior

    Me remito al año 2005. Todos los domingos, después de desayunar, me pasaba por Vips y ojeaba la sección de libros. Aquel día, un título me llamó la atención: «El placer de meditar» de Juan Manzanera. En la solapa aparecía una imagen de él mismo vestido de Lama. Un valenciano que había sido monje de la tradición tibetana durante 12 años… Ojeé las primeras páginas del aquel libro: «la meditación es una herramienta para no sufrir», explicaba, «una estrategia para afrontar los problemas con más paz, serenidad, equilibrio». 

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    «PAZ», repetía para mis adentros, ¡lo necesitaba tanto! En aquella época no dormía. «Curso de meditación», leí a continuación, justo al lado de mi casa, ¿casualidad?

    Y, allí me encontraba yo, sentada en un corro, en postura de meditación, frente a Juan Manzanera. Era una meditación guiada, desde el primer momento amé el tono de su voz, su cadencia. De su boca se desprendían palabras de amor y compasión. Hablaba del ego, de los sentimientos negativos provocados por emociones como la envidia, la rabia, los celos, el rencor y también de los positivos como la generosidad, la templanza, la resiliencia… Quedé como hipnotizada, poco a poco mi mente se fue calmando, el ritmo de la respiración se suavizó, mis constantes vitales se apagaron. Aquel recuerdo quedó grabado como una impronta en mi mente, esa noche dormí por primera vez en años. Tanto me ayudó que continué con el grupo durante un año, meditábamos dos horas, un día a la semana. Con el tiempo profundicé con otras técnicas de meditación, con diferentes maestros espirituales que me ayudaron a ahondar en un estado más avanzado de introspección. Al día de hoy medito media hora todas las mañanas antes de comenzar a escribir.  Muy a menudo siento que mi pluma avanza sola. Que no soy yo quien escribe. Que es mi alma. 

    Meditación: Un camino hacia la paz interior.

    Podemos dominar la mente. Es posible enfocar la mente en la dirección que queremos y hacia las emociones y los estados que nos causan beneficio y desmantelar las emociones y estados que nos causan malestar. La meditación causa un efecto primario de tranquilidad, bienestar y otro secundario, quizá más importante, de conexión espiritual. 

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    Aprendí a hablar con mi alma, a darme valor, a decirme lo que nunca me habían dicho antes: «te lo mereces» «te mereces ser feliz» «te mereces todo lo bueno que te pasa». Es curioso que mi experiencia haya sido exactamente la contraria, siempre escondiéndome por temor a ser decapitada como en la Revolución Francesa. Vamos acumulando lo que nos han dicho y también lo que no nos han dicho. Todas las actitudes de nuestros familiares hacia nosotros, las falsas creencias sobre la vida, sobre las relaciones, sobre nosotros mismos, sobre la pareja, los juicios de valor sobre diferentes situaciones y personas. Hasta que un día despiertas. En ese momento te preguntas: ¿Quién soy yo? ¿Qué es lo que me hace feliz? ¿En qué creo? ¿Cuáles son mis valores? y, lo más importante que apunto con una afirmación: Cómo quiero vivir mi vida. Le pese a quien le pese. 

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    Exponerme, decir lo que pienso, lo que siento, lo que me ha ido bien, lo que me ha ido mal, sin dramatizar, no soporto el drama, compartir lo que me ha servido para avanzar por si a alguien le pude ayudar, es el objetivo de mi sección. Sentir en positivo es un aprendizaje, es un ejercicio que practico a diario porque me ha sacado de lo erróneamente aprendido y me ha traído justo dónde estoy hoy. 

    Me gustaría mucho poder llevaros un paso atrás, a un lugar común, donde no es necesario forzar los estados de ánimo, cuando la meditación venía sola. Ese es el único lugar, el sitio exacto al que hay que regresar. Cuando solo vivíamos a través de los sentidos. 

    Descubre a Marta Galatas: La Visionaria Tras «El Imperio de los Sentidos»

    Huele a verano. El aroma es algo dulzón, mezcla de especias, limón y canela. Una luz anaranjada, cálida y húmeda, envuelve la noche. Hay luna llena. Las hojas se tiñen con tonalidades hueso y plata. Observo el patio de muros cubiertos de hiedra clara y de repente mi mente regresa. Entro en la casa grande a través de la puerta de madera roja. Junto a la ventana de mi habitación crece un limonero. Huele a los días y a las noches, a los dulces veranos, a mi infancia. La casa duerme bajo el velo de la inocencia. Los grillos cantan. Mi respiración es alegre, tranquila, despierta, acompasada. Siento pájaros en el estómago. Mis hermanos pequeños duermen junto a mí. Me levanto con sigilo y bajo las escaleras hasta llegar al salón. La chimenea de piedra está encendida. Chico reposa en el suelo frente a mi abuela que se ha quedado dormida en su sillón de cuero viejo. Al acercarme, levanta la cabeza y al mirarme, su rostro esboza una sonrisa burlona. Una vez me habían contado la historia de Chico. Un pastor alemán con mezcla de mastín que el hermano de mi abuela, José María de León y Pizarro, General de División, llevaba consigo hasta que un perdigón lo dejó tullido, desde entonces lo cuidaba mi abuela. Los observo a los dos y me siento segura. Una sensación de paz invade mi alma. Es algo nuevo, muy diferente al ritmo del día a día de la ciudad, de las obligaciones, de las normas. Aquí, en el campo, en la finca de Murcia, me siento libre.

     

    Observo el plato de migas sobre la mesa auxiliar junto a mi abuela y aquel olor, como de leña, absorbe de nuevo mis sentidos. Pruebo las migas y me como el flan con nata casero que estaba sin empezar. Luego me dirijo a la biblioteca y elijo un libro al azar. Me siento junto a ellos y comienzo a leer una historia. En ese momento escucho una voz, una voz que viene de muy adentro y que me dice: soy feliz. 

    La felicidad está en las cosas sencillas. Se encuentra al alcance de todos, en el disfrute de los sentidos. 

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