¿Cuándo nos metieron el miedo en el cuerpo?

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    Durante años tomamos el sol como si no existiera el mañana. Y ahora quizá hemos pasado al extremo contrario.

    Pertenezco a una generación que aprendió a ponerse morena a cualquier precio. En aquellas playas de nuestra infancia y juventud, la palabra fotoprotección prácticamente no formaba parte de nuestro vocabulario. Lo que triunfaba eran los aceleradores del bronceado. Y, si no recuerdo mal, hasta las revistas de moda publicaban recetas caseras para conseguir un moreno más intenso.

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    Yodo mezclado con aceite de oliva. Sí, habéis leído bien.

    Recuerdo perfectamente aquel olor. Llegabas a la playa oliendo a ensalada, te embadurnabas y después intentabas quitarte la arena que se había quedado pegada por todas partes. Una auténtica maravilla vista desde la perspectiva actual.

    Con los años aprendimos.

    La piel tiene memoria y aquellas exposiciones acumuladas pueden terminar apareciendo en forma de manchas y otros problemas. Por suerte, hemos tomado conciencia de que protegerse del sol es importante. Utilizar protección adecuada, evitar las horas de mayor intensidad, proteger especialmente a los niños y observar nuestra piel debería formar parte de cualquier verano.

    Hasta ahí, perfecto.

    ¿Hemos pasado al extremo contrario?

    Este verano no dejo de observar una imagen que cada vez resulta más habitual en nuestras playas. Personas adultas perfectamente sanas entrando en el agua completamente cubiertas: camisetas con protección solar, pantalones, calcetines de neopreno, gorros, capuchas… Una especie de uniforme de alta montaña trasladado a la orilla del mar.

    Y no hablo de quien necesita una protección especial ni de quien tiene una recomendación médica concreta. Hablo de esa sensación de que tomar el sol se ha convertido casi en una actividad sospechosa.

    También ha cambiado nuestra relación con el bronceado. Durante décadas, estar moreno era prácticamente sinónimo de verano, vacaciones y buena salud. Queríamos volver de la playa varios tonos más oscuros. Ahora, en cambio, la piel clara se ha convertido en tendencia en buena parte de Asia y esa estética también ha llegado a Occidente.

    Las modas cambian. Pero el sol sigue siendo el mismo.

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    En busca del equilibrio perdido

    Y aquí es donde creo que conviene recuperar una palabra que quizá nos hace falta más que nunca: equilibrio.

    Porque protegernos del sol no significa necesariamente tenerle miedo. La radiación ultravioleta puede provocar daños en la piel y aumentar el riesgo de cáncer cutáneo, por lo que la fotoprotección sigue siendo fundamental. Pero el sol también participa en la síntesis de vitamina D, y una exposición prudente y controlada forma parte de una vida al aire libre.

    El problema está en convertir una recomendación saludable en una prohibición absoluta.

    También conviene tener cuidado con otra cuestión: la vitamina D no debería utilizarse como argumento para tomar el sol sin protección, ni los suplementos deberían tomarse alegremente sin valorar si realmente hacen falta. La vitamina D depende de muchos factores y, cuando existe un déficit, corresponde a un profesional determinar cómo abordarlo.

    Entre dos extremos

    Quizá hemos pasado demasiado rápido de “ponte morena” a “no te expongas nunca”. Y entre ambos extremos existe una enorme zona intermedia.

    Podemos disfrutar de una mañana en la playa bajo una sombrilla. Podemos bañarnos. Podemos caminar. Podemos recibir el sol de forma razonable, utilizando protección y sentido común. Podemos incluso aceptar que no necesitamos regresar de cada verano con el mismo color que una teja.

    Ni aceleradores de dudosa memoria, ni convertir la playa en una expedición al Himalaya.

    Porque quizá el problema no sea el sol. Quizá el problema sea que nos cuesta encontrar la medida justa. Y en esto, como en tantas cosas, probablemente la respuesta esté donde suele estar casi siempre: ni tanto ni tan poco.

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