¿Cuándo dejamos de compartir el verano?

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    Cada verano miles de personas vuelven a hacerse la misma pregunta: ¿por qué sigue siendo tan difícil disfrutar de la playa junto a un perro educado?

    Dieciséis veranos de recuerdos y barrancos

    Durante dieciséis veranos compartimos la playa con Noa.

    Nuestra pequeña westie no entendía de normativas, de señales ni de ordenanzas municipales. Solo sabía que el sonido de las olas significaba felicidad. Que correr unos metros sobre la arena o mojarse las patas en el mar era uno de esos pequeños placeres que hacen inolvidable un verano.

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    Y, sin embargo, cada año comenzaba la misma búsqueda:

    • Buscar playas escondidas.
    • Accesos imposibles.
    • Caminos entre rocas.
    • Barrancos.
    • Senderos que parecían más propios de una ruta de montaña que de un paseo hasta el mar.

    En ocasiones llegamos a preguntarnos si realmente merecía la pena jugarse una caída por acceder a un rincón donde simplemente nadie nos molestara.

    La respuesta siempre era la misma. Sí. Porque verla disfrutar compensaba cualquier esfuerzo.

    Pero la pregunta sigue siendo inevitable: ¿Por qué tiene que ser así?

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    La paradoja de las costas españolas

    España presume de contar con algunos de los litorales más espectaculares de Europa. Kilómetros y kilómetros de costa donde, paradójicamente, compartir unas horas con un perro continúa siendo una excepción en lugar de algo normal.

    Y no hablamos de personas irresponsables.

    Hablamos de quienes llevan a sus perros atados cuando es necesario, recogen absolutamente todo, respetan el espacio del resto de bañistas y entienden que convivir significa precisamente eso: convivir.

    El reflejo de la intolerancia en la arena

    Hace apenas unos días hemos sido testigos de una escena que nos dejó profundamente tristes.

    Un hombre se encaminaba con su perro (atado con correa) a la orilla del mar. No corría, no ladraba, no molestaba absolutamente a nadie.

    Bastó su presencia para que varias personas comenzaran a señalarle desde la distancia.

    Los gritos fueron mucho más molestos que el propio animal.

    El dueño, con una educación admirable, se alejó del agua sin discutir con nadie. Volvió a su toalla y permaneció allí tranquilamente junto a su compañero. No montó ningún espectáculo. No respondió. No buscó el enfrentamiento.

    Y, curiosamente, quienes peor imagen dieron fueron precisamente quienes habían decidido convertirlo, durante unos minutos, en el señalado. Como si llevar un perro fuera motivo suficiente para convertirse en un apestado.

    La doble vara de medir en el espacio público

    Resulta curioso.

    Nos acostumbramos a convivir con:

    • Música a todo volumen.
    • Altavoces que convierten la playa en una discoteca improvisada.
    • El humo del tabaco o de los puros.
    • Pelotas, arena, gritos, neveras, llamadas por teléfono o conversaciones que escucha media playa.

    Todo eso forma parte, nos dicen, de compartir un espacio público. Y tienen razón. Compartir significa aceptar que no estamos solos.

    Entonces… ¿por qué un perro tranquilo parece molestar más que todo lo anterior?

    Quizá porque seguimos juzgando antes de observar. Porque seguimos confundiendo a los propietarios irresponsables con quienes llevan años demostrando un respeto absoluto hacia los demás.

    No pedimos privilegios. Ni playas exclusivas. Ni derechos por encima de nadie.

    Solo pedimos algo mucho más sencillo: Convivencia.

    La playa pertenece a todos

    Porque la playa no pertenece a unos pocos. Pertenece al mar. Pertenece a la naturaleza. Y, en realidad, pertenece a todos. También a esos compañeros de vida que únicamente quieren caminar unos metros junto a nosotros.

    En Revista FETÉN seguiremos defendiendo esa convivencia.

    No solo por quienes hoy continúan disfrutando de sus perros cada verano. También por quienes, como nosotros, tuvimos la inmensa suerte de compartir dieciséis veranos con uno de esos seres que dejan huella para siempre.

    Noa ya no corre por la arena. Pero cada vez que vemos a alguien caminar junto a su perro por la orilla, no podemos evitar sonreír. Porque sabemos exactamente lo que significa ese instante. Y porque ojalá llegue el día en que nadie vuelva a señalarles como si fueran los apestados del verano.

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