Cada verano aparecen nuevas listas con las playas imprescindibles, las calas secretas o los pueblos que nadie conoce. Pero quizá la verdadera tendencia no sea descubrir el próximo destino de moda, sino escapar precisamente de él.
De las guías de viaje al imperio del algoritmo
Hubo un tiempo en el que organizábamos las vacaciones con una guía de viaje subrayada, una conversación con un amigo o la recomendación de alguien que había regresado entusiasmado de un lugar. Después llegaron los blogs especializados y, más tarde, las redes sociales, capaces de convertir una playa desconocida en un fenómeno mundial en apenas unas semanas.
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Hoy la paradoja es evidente: nunca habíamos tenido tanta información para viajar y, sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrar la sensación de descubrir un lugar por primera vez.
Basta con que un vídeo se haga viral para que una cala escondida deje de serlo. Un restaurante familiar que llevaba décadas funcionando con discreción aparece en miles de publicaciones y, de repente, las colas sustituyen al encanto. El algoritmo premia lo espectacular, pero rara vez mide las consecuencias que esa exposición tiene sobre el propio destino.
La búsqueda de la tranquilidad y la autenticidad
Quizá por eso muchos viajeros empiezan a mirar en otra dirección. Ya no buscan únicamente el lugar más fotografiado o la playa que encabeza todos los rankings. Buscan tranquilidad. Autenticidad. Espacios donde todavía sea posible escuchar el mar sin que el sonido de los móviles termine imponiéndose al de las olas.
El algoritmo premia lo espectacular, pero rara vez mide las consecuencias que esa exposición tiene sobre el propio destino.
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Eso no significa renunciar a destinos tan fascinantes como las islas griegas, por ejemplo. Santorini y Mykonos seguirán ocupando un lugar privilegiado en el imaginario colectivo, pero Grecia es mucho más que esas dos postales. El país esconde pequeñas islas donde la vida continúa marcando un ritmo muy distinto, donde el puerto sigue siendo el centro de la conversación y donde el mayor lujo consiste, precisamente, en no tener nada que demostrar.
Lo mismo ocurre en Italia, Croacia, Portugal o incluso en nuestro propio país. Mientras algunas playas aparecen cada verano en todas las listas, otras permanecen casi invisibles, protegidas por el simple hecho de no haberse convertido todavía en tendencia.
¿Destinos o experiencias?
La cuestión es si realmente seguimos buscando destinos o si, en el fondo, perseguimos experiencias. Porque un lugar no deja de ser hermoso cuando aparece en una lista; lo que cambia es la forma en que lo vivimos cuando miles de personas llegan allí movidas por el mismo vídeo o la misma fotografía.
Y aquí surge otra pregunta que cada vez se hacen más viajeros: cuando encontramos uno de esos rincones especiales, ¿debemos compartirlo?
El dilema digital: El arte de conservar lo especial
Las redes sociales nos han acostumbrado a documentarlo todo. Fotografiamos el restaurante escondido, la cala casi desierta o ese pequeño hotel del que nadie parecía hablar. Publicamos las imágenes con la mejor intención, pero, sin quererlo, a veces contribuimos a transformar aquello que precisamente nos había conquistado.
Tal vez haya lugares que merezcan seguir viajando de boca en boca. No porque deban permanecer ocultos, sino porque el descubrimiento también forma parte del viaje. Escuchar a un amigo recomendar una pequeña isla griega, una playa del Adriático o un rincón perdido del Mediterráneo sigue teniendo algo que ningún algoritmo ha conseguido sustituir: la confianza.
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El verdadero lujo del verano
Quizá ese sea el verdadero lujo del verano: no llegar al destino que todo el mundo quiere visitar, sino encontrar uno que todavía conserve la capacidad de sorprendernos.
Y, quién sabe, quizá también la discreción suficiente para que siga haciéndolo durante muchos años.










