Hay una escena que cada vez vemos con más frecuencia. Un periodista sale a la calle con un micrófono y empieza a hacer preguntas aparentemente sencillas a chicos y chicas jóvenes. Quién escribió “El Quijote”. Cuál es la capital de un país. Quién fue determinado personaje histórico.
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Llegan las respuestas disparatadas. A veces son tan sorprendentes que provocan la carcajada. Y lo que más me llama la atención no es tanto no saber la respuesta como la reacción posterior: la risa, el “ni idea”, el tomárselo como algo completamente normal.
Quizá ahí esté el verdadero problema.
Porque no saber algo no debería avergonzarnos. A todos nos ocurre. Lo preocupante aparece cuando deja de importarnos no saber.
El impacto del informe PISA y la comprensión lectora
El nuevo informe PISA acaba de poner algunos números a una sensación que muchos compartimos. España obtiene en 2025 sus peores resultados históricos en las tres competencias evaluadas: lectura, matemáticas y ciencias.
Pero existe un dato que, personalmente, me preocupa todavía más.
Solo un 2% de los alumnos españoles de 15 y 16 años alcanza el nivel más alto de comprensión lectora. Es decir, únicamente dos de cada cien son capaces de enfrentarse con solvencia a textos largos y complejos, comprender conceptos abstractos y distinguir hechos de opiniones a partir de información que no aparece expresamente escrita. A la mayoría le cuesta incluso enfrentarse a textos de más de 400 palabras.
Dos de cada cien.
Y entonces pienso en mi propia generación.
Recuerdo perfectamente la vergüenza que sentíamos cuando alguien nos preguntaba algo que no sabíamos. Nos poníamos rojos como tomates. Queríamos desaparecer. No porque tuviéramos obligación de conocer todas las respuestas, sino porque no saber nos hacía sentir que nos faltaba algo.
Un cambio de actitud generacional y la inmediatez digital
¿Y si la incultura se ha puesto de moda?
Mariela Garriga
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Leer la revistaAhora parece que hemos cambiado de actitud.
No saber puede incluso resultar divertido.
Y no creo que el problema sean los jóvenes. Sería demasiado sencillo cargar sobre ellos toda la responsabilidad. El problema lo hemos construido entre todos.
También el sistema educativo, por supuesto. También las familias. También una sociedad que durante años ha confundido información con conocimiento y tecnología con aprendizaje.
Y después está la manera en la que consumimos información.
Todo tiene que ser inmediato.
Un vídeo corto. Una explicación en treinta segundos. Una noticia resumida. Una respuesta instantánea. Una serie con capítulos cada vez más breves. Si algo tarda demasiado en llegar al punto, pasamos al siguiente contenido.
El informe PISA apunta precisamente a una pérdida importante de comprensión lectora y atención, dentro de una tendencia que afecta a muchos países, y señala entre los factores asociados el uso de dispositivos digitales y el creciente empleo de inteligencia artificial.

La paradoja del conocimiento y la necesidad de tener base
Y aquí aparece una paradoja fascinante.
Nunca hemos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano y, al mismo tiempo, quizá nunca nos haya costado tanto detenernos a conocerlo.
Antes, si querías saber quién había escrito “La Odisea”, quizá tenías que levantarte, coger una enciclopedia y buscarlo. Yo todavía recuerdo aquellas enciclopedias enormes que ocupaban media estantería. Buscar una palabra podía convertirse en una pequeña expedición.
Ahora tenemos el conocimiento entero en el bolsillo.
El teléfono móvil puede responder prácticamente cualquier pregunta en cuestión de segundos.
Pero para que esa posibilidad sirva de algo primero tiene que existir una cosa: curiosidad.
Yo sigo siendo una lectora empedernida. Y cuando estoy leyendo un libro y aparece un personaje, un acontecimiento histórico, un lugar o una referencia que desconozco y despierta mi interés, muchas veces dejo la lectura y busco información.
No me conformo con pasar la página.
Quiero saber.
Y ese “quiero saber” me parece una de las cosas más valiosas que podemos conservar.
Mi madre siempre me decía algo que se me quedó grabado: “Tienes que saber de todo. Luego ya decidirás si quieres hacer algo con ello.”
No se trata de convertir a todo el mundo en ingeniero aeroespacial, historiador, matemático o especialista en literatura clásica. Tampoco de memorizar enciclopedias.
Se trata de tener una base. De saber quién escribió “El Quijote”. De entender qué fue la Revolución Francesa. De saber dónde está Camboya. De comprender qué significa inflación. De conocer quién fue Mozart. De poder leer un texto largo sin sentir que estamos ante una tortura.
La cultura como herramienta para desarrollar criterio
La cultura no sirve únicamente para responder preguntas en un concurso.
Nos ayuda a entender una conversación, una película, una noticia, un viaje, una obra de arte, una elección política, una guerra, una ciudad o incluso a nosotros mismos.
Y, sobre todo, nos proporciona algo que no aparece en ninguna aplicación: criterio.
Quizá por eso me preocupa tanto que estemos empezando a considerar normal no saber.
No deberíamos sentir vergüenza por desconocer algo. Al contrario: deberíamos sentir curiosidad por descubrirlo.
Porque no saber una cosa es perfectamente humano.
No querer saberla es otra historia.
Por favor, no perdamos nunca la curiosidad.
Porque si pierdes la curiosidad, pierdes tu forma de mirar el mundo. Y eso sí sería una verdadera pérdida.










