Hay algo curioso con el calendario: llega el 31 de agosto y parece que alguien pulsa un interruptor. Al día siguiente, septiembre. Y con él, vuelta al trabajo, vuelta a la rutina, vuelta al colegio, vuelta a todo. Incluso parece que el verano, de repente, ha terminado.
Pero ¿quién lo ha decidido?
Porque septiembre, para algunos, es precisamente el mejor mes del verano.
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Un cambio imperceptible en el ambiente
Yo soy muy fan de septiembre. Quizá porque me gusta ese cambio casi imperceptible que empieza a producirse en el ambiente. Las temperaturas dejan de ser una batalla diaria, las noches se refrescan y vuelve ese pequeño placer de dormir bien, de abrir una ventana sin convertir el dormitorio en un horno y de recuperar la chaqueta ligera que durante semanas parecía condenada al armario.
Y, sobre todo, septiembre tiene algo que agosto ha perdido: espacio.
Las playas empiezan a vaciarse. Las carreteras tienen menos caravanas. Los restaurantes respiran. Los hoteles recuperan cierta calma. Y muchos destinos que durante julio y agosto parecen competir por ver cuánta gente cabe en el mismo metro cuadrado vuelven a enseñar su verdadera cara.
Viajar con otra perspectiva
Para quienes no tenemos que organizar las vacaciones alrededor del calendario escolar, septiembre puede ser una pequeña maravilla. Podemos elegir una playa, una ciudad, una escapada a la montaña o simplemente unos días sin demasiados planes y descubrir que el mismo lugar cambia completamente cuando desaparece la multitud.
Incluso el servicio parece distinto. No necesariamente porque sea mejor, sino porque hay tiempo. Tiempo para conversar, para mirar, para disfrutar sin esa sensación permanente de que todo está ocurriendo demasiado deprisa.
Eso sí, no nos engañemos: septiembre ya no es necesariamente sinónimo de temporada baja. Muchos destinos mantienen precios elevados y cada vez somos más los que hemos descubierto las ventajas de viajar en estas fechas. El secreto empieza a ser menos secreto.
Mariela Garriga
Protagoniza la nueva edición de Revista FETÉN.
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El mandato del calendario
Pero hay algo que me interesa más que los precios: la idea de que tenemos que aceptar que el verano se acaba porque lo dice el calendario.
¿Por qué?
¿Por qué el 1 de septiembre las plataformas de televisión empiezan a cambiar sus contenidos, aparecen campañas de otoño y parece que tenemos que abandonar inmediatamente las películas, las series, los planes y hasta el estado de ánimo que asociamos al verano?
Quizá deberíamos dejar de vivir un poco pendientes de esas fechas que alguien ha decidido por nosotros.
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Decidir nuestro propio verano
Para muchos, julio y agosto no han sido vacaciones. Han sido trabajo, gimnasio, madrugones, reuniones, horarios y rutinas. El verano ha seguido pasando mientras nosotros seguíamos haciendo nuestra vida. Y quizá sea precisamente ahora cuando llega el momento de parar.
Septiembre puede ser el mes de las vacaciones. O el mes de volver a empezar. O el mes de no hacer absolutamente nada especial.
Puede ser todo eso.
Porque quizá la verdadera libertad también consiste en decidir cuándo empieza y cuándo termina nuestro verano.
Y si septiembre nos regala noches frescas, menos gente, más calma y esa luz especial que anuncia que algo está cambiando, yo, por mi parte, no tengo ninguna prisa por despedirme del verano.
Que el calendario diga lo que quiera.










