Agosto no defrauda. O quizá sí.

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    Playas llenas, hoteles desbordados, precios que sorprenden y una pregunta que se repite: ¿estamos cambiando nuestra manera de viajar?

    ​Agosto es ese mes en el que todo parece ocurrir al mismo tiempo. Las carreteras se llenan, las playas también, las autocaravanas aparecen hasta en los rincones más insospechados y encontrar una mesa libre en determinados restaurantes puede convertirse en una pequeña hazaña.

    ​Nosotros hemos vuelto a pasar buena parte del verano mirando hacia el norte, ese territorio que desde hace años se ha convertido en nuestro particular refugio estival. Y este año hemos vuelto a encontrarnos con una imagen que ya empieza a dejar de ser excepcional: destinos llenos, playas abarrotadas y alojamientos que trabajan a un ritmo que parece imposible mantener durante semanas.

    ​Lo curioso no es que agosto esté lleno. Para eso existe agosto. Lo interesante es cómo estamos viajando.

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    ​La reserva como sugerencia

    ​Este verano hemos hablado con amigas propietarias de hoteles que nos confesaban estar completamente desbordadas. También con profesionales de la restauración que, después de jornadas interminables, nos contaban que este año habían percibido algo diferente: más prisas, menos paciencia y, en algunos casos, bastante menos educación.

    ​Porque una cosa es que un restaurante esté lleno y otra que tenga que enfrentarse a mesas reservadas que nunca llegan a ocuparse porque alguien decide no presentarse y tampoco considera necesario avisar. La reserva, al parecer, se ha convertido para algunos en una especie de sugerencia.

    ​Esto no es un mercado persa

    ​Y luego está el fenómeno del regateo. Nos sigue sorprendiendo encontrar viajeros que intentan negociar el precio de una habitación de hotel como si estuvieran comprando un bolso en un mercadillo. Entendemos que todos queremos encontrar una buena tarifa: buscar, comparar y elegir forma parte del viaje.

    ​Pero una cosa es buscar una buena oferta y otra preguntar cuánto menos podemos pagar después de que nos hayan dado un precio.

    Esto no es un mercado persa.

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    ​El precio del verano

    ​Y quizá detrás de todo esto exista una cuestión más interesante. Estamos pagando más por viajar, pero ¿estamos viajando mejor? Porque el precio del verano también merece una mirada.

    ​En determinados lugares del norte, una fonda, una posada o un alojamiento sencillo puede alcanzar durante agosto precios que se acercan —y en ocasiones compiten directamente— con los de hoteles de cuatro y cinco estrellas en otros destinos o en otras épocas del año. No es una crítica. Es una constatación.

    ​El mercado funciona como funciona y agosto tiene sus propias reglas. Pero quizá también explique por qué algunos viajeros empiezan a preguntarse si merece la pena seguir buscando exactamente los mismos destinos, en las mismas fechas y a cualquier precio.

    Estamos pagando más por viajar, pero ¿estamos viajando mejor?

    ​La paradoja de la frontera

    ​Mientras nosotros cruzábamos recientemente la frontera hacia Francia, nos sorprendía encontrar largas caravanas de coches franceses entrando en España. Al otro lado, sin embargo, encontrábamos un ambiente veraniego intenso, pero sin esa sensación de saturación que hemos experimentado en algunos destinos del norte español.

    ​Quizá simplemente coincidimos con otro momento. O quizá el mapa turístico europeo está cambiando más de lo que pensamos.

    ​Medir el éxito por la ocupación

    ​También nos hemos acostumbrado a medir las vacaciones en términos de ocupación. Lleno es bueno. Completo es éxito. No queda una habitación es una buena noticia. Pero ¿qué ocurre cuando el éxito empieza a desbordar al propio destino?

    • ​Cuando una playa ya no tiene espacio.
    • ​Cuando una carretera se convierte en una caravana permanente.
    • ​Cuando quienes trabajan en un hotel terminan exhaustos.
    • ​Cuando un restaurante no puede asumir una mesa vacía porque alguien decidió no acudir.

    ​Quizá el problema no sea que viajemos demasiado. Quizá sea que todos queremos viajar al mismo sitio, al mismo tiempo y de la misma manera. Y agosto nos lo recuerda cada año.

    ​Un fenómeno del cielo, convertido en producto

    ​Incluso el eclipse tuvo su pequeña versión de esta historia. Podíamos vivirlo tranquilamente: observar cómo cambiaba la luz, mirar las sombras, escuchar la naturaleza y dejar que aquel momento ocurriera.

    ​Pero también podíamos convertirlo en una experiencia con cena, música, cóctel, espectáculo y, por supuesto, una tarifa acorde con la ocasión. Nada que objetar: cada uno disfruta como quiere. Pero resulta curioso cómo incluso un fenómeno que sucede en el cielo puede terminar convertido en un producto turístico.

    ​El verdadero lujo

    ​Quizá por eso cada vez nos atraen más esos otros lugares que todavía no necesitan una etiqueta, una lista de indispensables o un cartel de experiencia exclusiva para resultar especiales.

    • ​Una pequeña posada.
    • ​Una playa tranquila.
    • ​Una mesa donde nadie mira el reloj.
    • ​Un pueblo donde todavía no se ha descubierto el algoritmo.

    ​Tal vez el verdadero lujo del próximo verano no sea encontrar el destino más espectacular. Quizá sea encontrar uno donde todavía podamos estar tranquilos.

    ​Agosto se marcha dejando muchas fotografías, algún que otro atasco, muchas horas de trabajo para quienes hacen posible nuestras vacaciones y unas cuantas preguntas en el aire. Nosotros no tenemos las respuestas. Solo hemos mirado, escuchado y tomado nota.

    ​Y quizá eso sea lo más interesante de viajar: volver a casa con algo más que una maleta llena.

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