La división total entre los amantes del horizonte y quienes buscan montañas rusas sobre las olas.

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Hubo un tiempo en el que embarcarse en un crucero era sinónimo de contemplación. El crujir de la madera, el Atlántico rompiendo contra el casco y el silencio de una cubierta al atardecer eran los únicos lujos necesarios.
Hoy, el horizonte compite con pistas de karts, simuladores de surf y toboganes que desafían la gravedad. Las grandes navieras han librado una batalla arquitectónica por ver quién mete más estímulos en menos metros de eslora. Y el debate entre los viajeros ya ha estallado.
La pérdida de la esencia marinera
Para los puristas de la navegación, la deriva actual del sector es, cuanto menos, hostil. Las quejas apuntan siempre al mismo factor: la masificación y la pérdida de la escala humana.
Quienes buscan paz se encuentran a menudo en una dinámica más cercana a un parque temático en hora punta que a una travesía relajante. Las cubiertas abiertas, antes destinadas a la lectura y el descanso, se inundan de música a gran volumen y pantallas gigantes.
Y el relax se ve interrumpido por la burocracia del ocio: reservar con semanas de antelación para un espectáculo, hacer cola para la atracción estrella. Todo eso despoja al viaje de su bien más preciado: la espontaneidad.

«Parece Las Vegas, te olvidas de que estás en un barco.» Una frase recurrente que resume el sentir de quienes buscan el mar y solo encuentran neón.
Mariela Garriga
Protagoniza la nueva edición de Revista FETÉN.
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Leer la revistaEl paraíso de la adrenalina: el barco es el destino
En el reverso de la moneda, los defensores de este modelo defienden una obviedad: la diversión absoluta es imbatible, especialmente cuando se viaja en familia.
Para los padres con adolescentes, que un buque albergue pistas de hielo, tirolinas y teatros al estilo Broadway es la garantía de unas vacaciones sin fricciones. Mientras los más jóvenes agotan su adrenalina entre atracciones, los adultos conquistan los solariums exclusivos.
Los días de navegación pura —antaño temidos por los viajeros más activos— se convierten así en la jornada idílica. Ya no importa tanto en qué puerto histórico se atraque mañana. El verdadero destino es el propio barco.

No hay barcos equivocados, sino viajeros confundidos
La metamorfosis de los colosos del mar deja una lección clara: la personalización es el nuevo estándar del turismo. El error no radica en la propuesta hiperestimulante de estos barcos, sino en las expectativas de quien compra el billete.
Quien busque el susurro del océano deberá mirar hacia los barcos de pequeño calado, yates clásicos o cruceros fluviales. Quien busque el estímulo constante y el asombro técnico encontrará en estas ciudades flotantes su particular oasis.
En el mar actual hay espacio para todos. El secreto está en elegir si quieres mirar al océano o subirte a la montaña rusa.
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