Hay algo curioso en todo esto de las tendencias: cuando parece que ya hemos pasado página, de pronto volvemos atrás. La moda recupera prendas que creíamos olvidadas, los vinilos vuelven a ocupar un lugar privilegiado, las recetas de nuestras madres y abuelas despiertan un interés renovado y el cine clásico sigue conquistando a nuevas generaciones. Y, por supuesto, la música de los años 80 y 90 continúa sonando como si el tiempo no hubiera pasado por ella.
¿De verdad estamos tan seguros de que hemos avanzado en todo?

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La música que no envejece
Siempre he defendido que los años 80 y 90 nos dejaron una de las grandes épocas de la música contemporánea. Y no lo digo únicamente por nostalgia. Basta con volver a escuchar a Pink Floyd, Supertramp, Dire Straits o tantos otros artistas de aquellos años para comprobar que sus composiciones siguen sonando actuales. No necesitan una actualización ni un filtro que las adapte a los tiempos. Simplemente, siguen ahí.
Pienso en “The Wall”, de Pink Floyd, en aquellas canciones de Supertramp que reconocemos desde los primeros acordes, en discos que se escuchaban enteros, de principio a fin, y que formaban parte de nuestra vida. Lo curioso es que no solo quienes crecimos con aquella música la reivindicamos. También encuentro a personas mucho más jóvenes que la descubren, la disfrutan y la incorporan a sus propias listas de reproducción.
Quizá esa sea la mejor prueba de que algunas canciones no pertenecen a una década, sino a todas.
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Leer la revistaLos vinilos vuelven. ¿Y ahora qué?
Durante años, muchos guardamos o nos deshicimos de nuestros tocadiscos. Llegó el CD, más pequeño y cómodo; después, la música digital y la posibilidad de llevar miles de canciones en el móvil. Parecía que el vinilo había quedado definitivamente atrás. Sin embargo, ahí está de nuevo, recuperando espacio en las tiendas, en las casas y en las preferencias de quienes buscan algo más que pulsar una pantalla.
¿Es solo una moda? Puede que una parte sí. Pero también hay algo en el ritual de elegir un disco, sacarlo de su funda, colocarlo en el plato y escuchar cómo empieza a sonar que no se parece demasiado a abrir una aplicación y saltar de una canción a otra.
El retorno de las tendencias
Con la moda sucede algo parecido. Las tendencias regresan, aunque casi nunca lo hacen exactamente igual. Recuperan una silueta, un color o una prenda, y los adaptan al presente. A veces es creatividad; otras, quizá, una manera de buscar inspiración en un armario colectivo del que todavía queda mucho por rescatar. Al fin y al cabo, cuando parece que todo está inventado, siempre queda la posibilidad de darle otra vuelta.
Ahora llamamos vintage a muchas cosas que antes eran simplemente parte de nuestra vida. Y eso también tiene su ironía: lo que un día dejamos de considerar moderno acaba convirtiéndose en objeto de deseo.
La cocina de siempre y el valor de esperar
También estamos redescubriendo la cocina de nuestras madres y abuelas: los guisos a fuego lento, las recetas transmitidas de generación en generación, los platos que necesitan tiempo y que no se pueden resolver en diez minutos.
Hemos ganado comodidad, sin duda. La tecnología nos facilita muchas tareas y nadie tiene por qué renunciar a ella. Pero quizá, entre tanta rapidez, hemos empezado a valorar de nuevo aquello que no se puede acelerar. Un buen guiso necesita su tiempo, igual que una conversación, una sobremesa o el placer de sentarse a comer sin mirar constantemente el reloj.
Y no, no creo que tengamos que renunciar a la inducción para recuperar el sabor de siempre. La cuestión no es volver a una cocina antigua, sino recordar que hay cosas cuyo resultado depende de la paciencia, no del botón que pulsemos.
¿Nostalgia o una forma de vivir que echamos de menos?
Me gusta el cine clásico, también esas películas en blanco y negro que siguen emocionando décadas después de haberse rodado. Quizá porque, cuando una historia está bien contada, no necesita efectos especiales ni una sucesión interminable de estímulos para mantenernos atentos.
Hoy tenemos prácticamente todo al alcance de la mano. Escuchamos música, vemos películas, compramos, trabajamos y hablamos con otras personas desde un teléfono. La inmediatez se ha convertido en una costumbre y, muchas veces, hasta en una exigencia. Queremos respuestas rápidas, resultados inmediatos y pasar a lo siguiente antes de haber terminado de disfrutar lo anterior.
Por eso me pregunto si, cuando recuperamos ciertos objetos, canciones, sabores o estilos, no estaremos buscando también algo menos tangible: la calma, la atención y el placer de hacer las cosas sin tanta prisa.
Tal vez quienes vivimos aquellas décadas sintamos cierta nostalgia. Es natural. Pero el interés de las nuevas generaciones por esa música, esos discos o esas estéticas demuestra que no todo puede explicarse por los recuerdos de quienes estuvimos allí.
Ni todo tiempo pasado fue mejor, ni todo lo nuevo es imprescindible
No idealicemos el pasado. Aquella época también tenía sus limitaciones, y muchas de las comodidades actuales han supuesto avances enormes. No se trata de elegir entre ayer y hoy, ni de guardar el móvil en un cajón para recuperar una vida que ya no existe.
Quizá se trate, sencillamente, de quedarnos con lo mejor de cada tiempo. Disfrutar de la tecnología sin vivir pendientes de ella; descubrir música nueva sin dejar de escuchar a los artistas que hicieron historia; probar las últimas tendencias sin olvidar que algunas cosas ya eran estupendas antes de recibir un nombre nuevo.
Porque puede que no queramos volver a los años 80 o 90. Puede que lo que queramos recuperar sea esa sensación de escuchar un disco sin interrupciones, cocinar sin mirar el cronómetro o disfrutar de algo sin pensar inmediatamente en qué vendrá después.
Una reflexión final
Y ahora la pregunta es inevitable: ¿estamos recuperando el pasado porque fue mejor o porque, en medio de tanta velocidad, empezamos a echar de menos algunas de las cosas que hemos perdido por el camino?
Quizá la respuesta esté en algún lugar entre la nostalgia y las ganas de vivir un poco más despacio.










