Creo que una de las mejores cosas que nos regala el teatro es la posibilidad de salir de una función hablando de lo que acabamos de ver, pero también de aquello que nos ha hecho pensar sobre nuestra propia vida. Eso es lo que me ha sucedido con “Victoria”.
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Reencuentros y momentos dentro y fuera del escenario
Volvimos al teatro, esta vez al Fígaro, con muchas ganas. Por un lado, para reencontrarnos con cuatro actores a los que conocemos y admiramos; por otro, porque entre ellos está nuestra querida Mar Abascal, amiga nuestra, chica FETÉN en varias ocasiones y una de esas personas a las que siempre nos alegra volver a ver, dentro y fuera del escenario.
Después de disfrutar de “Laponia”, no queríamos perdernos esta nueva aventura de los mismos personajes. Y, como siempre, poder pasar después por camerinos, saludarlos, conversar y comentar la función es un regalo añadido. El teatro también tiene esos momentos que se quedan fuera del escenario y que nosotros disfrutamos muchísimo.
Una historia independiente con matices conocidos
Lo primero que conviene aclarar es que “Victoria” puede verse perfectamente sin haber visto “Laponia”. Quienes conocemos la obra anterior reconocemos a los cuatro personajes, pero ahora nos encontramos con ellos en otra etapa de sus vidas y en un escenario diferente: Madrid. No hace falta conocer su pasado para entrar en esta historia; aunque, si lo conocemos, hay matices que disfrutamos de otra manera.
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Leer la revistaEl conflicto generacional: ¿quién elige nuestro camino?
La trama parte de una decisión que altera las expectativas de una familia. Martín, un joven con un futuro prometedor en el fútbol, quiere dejarlo para marcharse de Erasmus a Finlandia. Sus padres ya habían imaginado para él un camino, con sus sacrificios, sus ilusiones y todo aquello que creían estar construyendo. Pero ¿qué sucede cuando los planes que hemos trazado para alguien no coinciden con los que esa persona desea para sí misma?
La pregunta no se queda en los hijos. También las hijas parecen haber decidido qué futuro le corresponde a su madre. Tres generaciones, distintas edades y una misma dificultad: aceptar que querer a alguien no nos concede el derecho a elegir por él.
El significado de «Victoria»
Y aquí es donde, para mí, el título adquiere todo su sentido. ¿Qué significa realmente la victoria?
Por supuesto, está el fútbol. La final de la Eurocopa entre España y Finlandia, el partido, los goles y esa necesidad tan nuestra de ganar. Pero hay otra Victoria: la madre de las hermanas, un personaje que no aparece físicamente en escena y que, sin embargo, tiene un peso fundamental en la historia. Es ella quien termina poniendo voz a una reflexión que atraviesa toda la obra.
La verdadera victoria sobre el escenario
Porque también podemos ganar cuando dejamos de intentar imponer nuestra voluntad. Cuando entendemos que nuestros hijos no tienen por qué cumplir los sueños que nosotros imaginamos para ellos, y que nuestros padres conservan el derecho a decidir cómo quieren vivir, incluso cuando sus decisiones no coinciden con las que habíamos tomado en su nombre.
Esa libertad no tiene fecha de caducidad. Cambia con la edad, con las circunstancias y con las necesidades de cada etapa, pero sigue siendo nuestra. Desde la adolescencia hasta la madurez y la última etapa de la vida, todos necesitamos que nos escuchen y que respeten nuestras decisiones. A veces, querer bien consiste precisamente en aprender a dar un paso atrás.
Cuatro interpretaciones magistrales
Los cuatro intérpretes vuelven a demostrar que forman un equipo magnífico. Se conocen, se entienden y construyen un ritmo que sostiene los 90 minutos de función.
- Mar Abascal tiene ese sello tan suyo, con frases y diálogos que aparecen en el momento justo y consiguen arrancarnos una sonrisa, incluso cuando la historia se adentra en terrenos más emocionales, Mar es grande y lo sabemos bien.
- Iñaki Miramón aporta también ese contrapunto que aligera la tensión y hace que la familia respire con naturalidad.
- Juli Fàbregas incorpora una mirada más reflexiva, de esas que ayudan a que las preguntas de la obra sigan dando vueltas cuando salimos del teatro.
- Amparo Larrañaga tiene un momento especialmente memorable en el segundo acto, casi al final: un monólogo de una fuerza interpretativa extraordinaria, sostenido con una técnica y un dominio del escenario que terminan provocando una gran ovación. De esos instantes en los que uno piensa: ¡qué oficio!
Una reflexión para llevarse a casa
Marc Angelet y Cristina Clemente, autores y directores, construyen una comedia familiar que utiliza el fútbol como punto de partida, pero cuyo verdadero partido se juega en casa: entre las expectativas, los afectos y la necesidad de dejar que cada cual encuentre su propio camino.
Salimos de “Victoria” pensando que quizá llevamos demasiado tiempo confundiendo ganar con tener razón. Y que la victoria más difícil no es conseguir que prevalezca nuestra opinión, sino aceptar que la persona a la que queremos puede elegir algo distinto.
Porque, a veces, la verdadera victoria consiste en dejar de decidir por los demás y permitirles ser protagonistas de su propia vida.
Y si, además, puedes disfrutar de esa reflexión de la mano de cuatro grandes actores y reencontrarte después con ellos entre camerinos y conversaciones, la experiencia resulta todavía más especial.











