Estamos a las puertas de Todos los Santos, pero el termómetro insiste en que todavía estamos en verano. Y mientras esperamos que llegue el otoño, parece que también se nos está agotando la paciencia. ¿Puede el calor convertirnos en personas que ni nosotros mismos reconocemos?

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«Por los Santos, la nieve en los altos». Así lo decían en mi casa, como lo habían dicho generaciones anteriores. El refranero popular tenía algo de calendario, de memoria colectiva y de observación de la naturaleza. No necesitábamos consultar una aplicación para saber que, llegado noviembre, el frío empezaba a hacerse notar.
Pero ahora estamos a mediados de octubre y hay días en los que cuesta distinguir el otoño de una prolongación del verano. Lo llamamos veroño, con esa palabra tan simpática que hemos inventado para tomarnos con humor lo que, en realidad, nos tiene un poco descolocados.
Porque una cosa es disfrutar de unos días de sol y otra muy distinta es que el calendario avance, el armario siga sin ponerse de acuerdo y el cuerpo no sepa si tiene que sacar el edredón o buscar otra vez la ropa ligera.
Y, por lo que estoy escuchando estos días, el desconcierto no se queda en la meteorología. También parece haberse instalado en nuestro carácter.
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Leer la revistaCon el calor, la paciencia se derrite
En apenas unas horas, varias personas me han comentado lo mismo: están más cansadas, más despistadas, con menos paciencia y, sobre todo, más irascibles. No es una encuesta científica, desde luego, pero cuando escuchas la misma queja en conversaciones diferentes, empiezas a preguntarte si hay algo más que una simple coincidencia.
¿Nos afecta el calor de una manera que va más allá del sudor, las noches incómodas y las ganas de buscar una sombra?
La ciencia apunta a que las temperaturas elevadas pueden influir en el descanso, la concentración y el estado de ánimo. Dormir peor, sentir fatiga o tener más dificultades para concentrarnos no ayuda precisamente a afrontar con serenidad los pequeños contratiempos cotidianos.
Y ahí estamos nosotros, intentando mantener la compostura mientras el cuerpo parece haber decidido que ya ha tenido suficiente.
El problema es que no siempre somos conscientes de lo que nos ocurre. A veces pensamos que estamos de mal humor porque sí, que todo nos molesta más de la cuenta o que el mundo entero ha decidido ponernos a prueba. Quizá, sencillamente, estamos más agotados de lo que creemos.

Súbete al coche y conocerás a tu otro yo
Pero si hay un lugar donde esta transformación merece un estudio aparte es el coche.
Podemos ser personas educadas, razonables, capaces de escuchar opiniones diferentes y de esperar nuestro turno con una sonrisa. Hasta que nos ponemos al volante.
Entonces, alguien tarda un segundo más en arrancar en un semáforo y empezamos a cuestionarnos su capacidad para conducir. Otro cambia de carril y nos parece una afrenta personal. El de delante frena cuando no lo esperábamos y, de repente, estamos manteniendo una conversación imaginaria con alguien que ni siquiera puede oírnos.
Todo ello, por supuesto, mientras nos repetimos que tenemos toda la razón.
¿Y si a esa metamorfosis habitual le añadimos el calor, el cansancio y la sensación de estar viviendo en una estación equivocada? El resultado puede ser explosivo. El señor Hyde que llevamos dentro no necesita demasiado para salir a escena.
Lo curioso es que probablemente, unas horas después, en otro contexto y con otra temperatura, volveremos a ser personas perfectamente civilizadas. O casi.
¿Es el calor o somos nosotros?
Conviene no convertir el termómetro en el culpable de todos nuestros males. No todo el mundo reacciona igual ante las altas temperaturas, y el carácter también depende del descanso, las preocupaciones, el estrés y las circunstancias personales. El calor no nos transforma a todos en personas irritables por arte de magia.
Pero sí puede actuar como un amplificador. Si ya estamos cansados, nos cuesta más mantener la paciencia. Si dormimos mal, cualquier contratiempo parece mayor. Y si llevamos varios días sintiendo que nuestro cuerpo no encuentra su ritmo, quizá tengamos menos margen para gestionar aquello que normalmente no nos quitaría el sueño.
A eso se suma otra cuestión: estamos acostumbrados a que cada estación tenga sus señales. Esperamos las primeras mañanas frías, los cambios de luz, la ropa de abrigo, las tardes que invitan a quedarse en casa. Cuando octubre se parece demasiado a julio, esa transición se altera y nos obliga a adaptarnos de nuevo.
No es que echemos de menos el frío a todas horas. Es que, a veces, necesitamos que las cosas estén en su sitio, aunque solo sea para saber qué ropa ponernos por la mañana.










