Por Fran Arráez
Una vez más nos sentamos en este sofá para disfrutar del cine clásico, pero esta vez quiero ponerme un poco autocrítico. Me gustaría analizar lo que nos provocaba la escena de la bofetada en Gilda, dirigida por Charles Vidor en 1946.
¿Qué sentíamos cuando veíamos cómo Glenn Ford abofeteaba a Rita Hayworth? ¿Sufrimiento? ¿Empatía? ¿Con quién? ¿Quizás superioridad moral? ¿Merecía esa bofetada? ¿Estaba Johnny “poniendo en su sitio” a una Gilda descarada y provocadora? ¿Era una muestra de fortaleza o de debilidad? ¿Sentíamos quizás excitación al ver la escena?
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Posiblemente sí. La escena provocaba también algo de excitación. Estábamos siendo testigos de cómo un hombre al que una mujer intentaba humillar mediante una intriga se la controlaba usando la violencia física.
En el plano de la bofetada vemos la cara y los hombros desnudos de Gilda; tenemos la sensación de que está desnuda. Su melena alborotada mientras Johnny la agita de un lado a otro sujetándola por el brazo, ante la multitud que pide excitada que finalice el striptease. Un hombre domina a una mujer aparentemente desnuda hasta hacerla llorar. Violencia y sexualidad. Unidas y aplaudidas con una guinda de moralina: yo soy bueno, tú eres mala; yo tengo el poder de hacerte callar y lo hago.
Rita Hayworth y la construcción de un icono bajo control
Pensar que todo esto es casualidad sería muy inocente, y no había nada de inocente en una película como Gilda.
¿Recordáis a Rita Hayworth quitándose el guante negro mientras agitaba las caderas cantando el famoso Put the Blame on Mame o entonando Amado Mío? Las caderas eran suyas, y la interpretación, y la belleza, pero la voz que escuchábamos era la de la canadiense Anita Ellis. De hecho, a lo largo de su carrera Rita Hayworth tomó prestadas las voces de seis cantantes diferentes: Gloria Franklin, Nan Wynn, Gracilla Pirraga, Jo Ann Greer y Martha Mears.
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El mito de la «Femme Fatale»: La seducción como peligro
Nada de esto era nuevo. La figura de la mujer provocadora, deliberadamente sensual, ambiciosa y finalmente responsable de la perdición del hombre tenía incluso un nombre en el cine: la femme fatale. La vimos en numerosas películas, sobre todo dentro del cine negro, en el que las malvadas seductoras eran un personaje habitual.
Son muchas las femmes fatales que han desplegado su encanto en la gran pantalla:
- Marlene Dietrich interpretó a la cantante de cabaret Lola-Lola que acababa con la carrera intachable y la cordura del profesor Rath en El ángel azul (1930).
- Mary Astor fue la seductora y vulnerable pareja de Humphrey Bogart en El halcón maltés (1941).
- Barbara Stanwyck y sus insinuaciones en los brillantes diálogos de Perdición (1944).
- Gene Tierney en Que el cielo la juzgue (1945) o Ava Gardner en Forajidos (1946).
Las vamps y las femmes fatales eran atractivas, ambiciosas, tenían pocos prejuicios y utilizaban su belleza para seducir y conseguir sus objetivos. De esta manera, la sexualidad de la mujer y sus deseos se ligaban al mal. Un mensaje deliberado que respondía al pensamiento de la época: se victimizaba al hombre y se culpabilizaba a la mujer.

«Bitch Slap»: Cuando la bofetada se convierte en fetiche
Esta manera de plasmar la sensualidad en pantalla se lleva al extremo en escenas como la bofetada de Gilda, responsable de una visión sexualizada de la violencia contra la mujer.
Las bofetadas a las mujeres perpetuaban la imagen del macho dominante frente a la mujer sumisa. Y en muchas ocasiones la respuesta de la actriz abofeteada —siguiendo instrucciones del director— mostraba placer o incluso excitación sexual. De hecho, se creó un término tristemente revelador: la bitch slap, la bofetada a la zorra.
Además, la violencia ejercida contra la mujer dentro de un marco sexualizado daba juego y recibía el aplauso del público en películas como Siete novias para siete hermanos (1954) o El hombre de la Mancha (1974), en la que el tema Little Bird era coreado por un grupo de hombres a Sofía Loren, con referencias fálicas incluidas.

Cine y educación: La normalización del maltrato
En Lo que el viento se llevó (1939), Clark Gable abofeteaba a Vivien Leigh bajo amenazas. En Zorba el griego (1964), Irene Papas era golpeada. En La dama de la frontera (1946), Red Cameron propinaba azotes a su mujer mientras su hija decía: “Papá, has pegado a mamá. Eso significa que la quieres”.
Estos han sido algunos de los referentes que nos han marcado. No nos dábamos cuenta de cómo nos educaban, de cómo normalizábamos la violencia, de cómo el cine nos enseñaba que los héroes siempre “se quedaban” con la chica a base de fuerza.
Conclusión: Una nueva mirada para el espectador crítico
En esta ecuación estamos también incluidos nosotros. Nuestro yo adulto, el espectador crítico que, desde esta butaca que seguimos ocupando, es capaz de desaprender y desarrollar una mirada nueva.
No se trata de censurar el pasado ni de demonizarlo, sino de aprender de él, juzgarlo y construir un presente más justo, inclusivo y plural, en el que el amor se demuestre amando.










