Mi apellido no me calla

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    A veces necesitamos mirar hacia atrás para entender por qué algunas palabras nos incomodan tanto. En mi caso, una de ellas es “facha”. Mi historia familiar, recuperada ahora a través de documentos de archivo, me ha obligado a volver a una época que nunca conocí, pero que forma parte de mí.

    No me gusta la palabra censura utilizada a la ligera.

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    Quizá porque pertenezco a una generación que sabe que la censura existió de verdad. España salió de una guerra civil y vivió después una dictadura. Aquella realidad no necesita ser exagerada ni adornada: forma parte de nuestra historia.

    Hoy vivimos en una democracia. La Constitución define España como un Estado social y democrático de Derecho y reconoce, entre otros principios, la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

    Por eso me preocupa que, en medio de la crispación política que vivimos, palabras como censura, fascista o facha se utilicen con tanta facilidad que terminen perdiendo parte de su significado.

    Y quizá por eso he acabado mirando hacia atrás.

    Hacia mi apellido.

    Hacia mi familia.

    Hacia unos documentos antiguos que alguien conservó durante décadas y que ahora, tantos años después, me permiten poner nombres y apellidos a una historia que hasta hace poco solo conocía por lo que me habían contado.

    La memoria documental de los Castañeira

    Mi familia paterna era de Barakaldo. Y varios de sus miembros vivieron la Guerra Civil desde el lado republicano.

    Lo sé ahora también por los archivos.

    Jesús Castañeira Gallo

    Mi abuelo.

    Jesús Castañeira Gallo.

    Fue mi abuelo paterno. Mi padre se llamaba Jesús Castañeira, como él.

    Mi abuelo luchó durante la Guerra Civil en el bando republicano. Sobrevivió. Y en los documentos que estamos encontrando aparece la huella de aquellos años.

    Durante mucho tiempo, estas historias pertenecieron a la memoria familiar. Ahora empiezan a tener también una existencia documental.

    Y eso cambia la manera de mirar el pasado.

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    Pablo Castañeira Gallo

    Su hermano.

    Mi tío abuelo Pablo Castañeira Gallo.

    También estuvo en el bando republicano.

    Murió muy joven durante la guerra y la familia nunca consiguió recuperar su cuerpo. Lo que hemos podido reconstruir a través de los documentos apunta a su posible muerte en la batalla de Santander.

    No sé qué edad tendría exactamente cuando murió.

    Pero sí sé algo que me resulta difícil de asumir: tenía toda una vida por delante.

    Y esa vida terminó allí.

    Su nombre ha llegado hasta mí atravesando casi un siglo de silencio.

    Las mujeres de nuestra historia

    Benigna Castañeira Gallo

    Y después está ella.

    Benigna Castañeira Gallo.

    Mi tía abuela.

    Su nombre aparece en el catálogo del Archivo General Militar de Guadalajara, dentro de la documentación del Tribunal Militar Territorial Cuarto, con referencia a la caja 183, orden 256.

    Benigna estuvo encarcelada durante la guerra.

    En la familia sabíamos que había pasado por prisión, aunque ella no hablaba demasiado de aquella época. Era una mujer de carácter fuerte y, según el relato familiar, estuvo comprometida con el bando republicano.

    Existe además una historia especialmente dura alrededor de su detención: según lo que se transmitió en la familia, se enfrentó a un piloto alemán que intentó agredirla sexualmente y, al defenderse, el hombre murió.

    Esta parte pertenece, de momento, a la memoria familiar y no quiero convertirla en un hecho documental hasta poder comprobarla. Pero forma parte de la historia de Benigna y, por tanto, también de la nuestra.

    Virginia

    Y hay otra mujer cuyo nombre quiero rescatar.

    Virginia.

    Era la mujer de otro de mis tíos abuelos. No llegó a tener hijos y murió muy joven, por lo que ninguna de las generaciones posteriores llegó realmente a conocerla.

    Virginia era miliciana y activista vinculada al Partido Comunista de aquella época.

    Fue detenida.

    Y, según el relato familiar, sufrió una de aquellas humillaciones públicas que también padecieron otras mujeres: le raparon el pelo, la vistieron con una especie de saco y la pasearon por Barakaldo.

    En prisión contrajo tuberculosis.

    Murió muy joven.

    Su marido, mi tío abuelo, nunca volvió a casarse y tampoco hablaba demasiado de aquellos años.

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    No quiero una guerra de buenos y malos

    Son historias que durante mucho tiempo quedaron dentro de las familias.

    Historias que se contaban poco.

    Historias que, quizá por dolor, quizá por miedo o simplemente porque así eran las cosas entonces, fueron quedando enterradas.

    Hasta que alguien decide buscarlas.

    Y aquí es donde esta historia deja de ser solamente mía.

    Porque no quiero utilizar a mi familia para construir una nueva batalla política.

    No quiero hacerlo.

    Tampoco quiero convertir el sufrimiento de los míos en una bandera.

    Mis antepasados estuvieron en el bando republicano. Algunos lucharon. Otros fueron encarcelados. Uno murió en la guerra. Una mujer murió en prisión.

    Y yo estoy orgullosa de ellos.

    Orgullosa de conocer de dónde vengo.

    Las guerras son mucho más complejas que eso.

    Y la Guerra Civil española dejó precisamente una sociedad rota, familias enfrentadas y heridas que, en muchos casos, pasaron de una generación a otra.

    Por eso creo que conocer la historia importa.

    No para volver a vivirla.

    Para no simplificarla.

    ¿Y qué tiene que ver todo esto con “facha”?

    Quizá todo empezó con una palabra.

    Facha.

    El término procede de fascista y en el español actual puede utilizarse como un calificativo despectivo para referirse a una persona considerada fascista o muy conservadora.

    Pero una etiqueta no explica a una persona.

    Y mucho menos su historia.

    Porque quizá alguien que hoy es acusado de facha tenga una historia familiar que nadie imaginaría.

    En mi caso, mi apellido me lleva hasta personas que estuvieron en el otro lado de esa etiqueta.

    Jesús. Pablo. Benigna. Virginia.

    Personas que pertenecieron a una generación marcada por una guerra y por unas circunstancias políticas que no podemos trasladar mecánicamente al presente.

    Yo no necesito que nadie piense como mi familia.

    Tampoco necesito que nadie piense como yo.

    Lo que sí me gustaría es que pudiéramos volver a discutir sin convertir al otro automáticamente en enemigo.

    No quiero que nadie me calle

    Dirijo FETÉN.

    Y FETÉN no es una revista política.

    No lo ha sido nunca.

    Entrevistamos a personas de mundos muy diferentes y nos interesa su trabajo, su talento, sus historias y aquello que tienen que contar. Su vida política o sus convicciones personales no son el motivo por el que están en nuestras páginas.

    Precisamente por eso no quiero que nadie confunda independencia con posicionamiento político.

    Ni que discrepar se convierta automáticamente en censura.

    Ni que una etiqueta sustituya a un argumento.

    Quizá la mejor forma de honrar a quienes vivieron aquella época sea precisamente poder hablar hoy con libertad, escucharnos aunque pensemos diferente y recordar que una sociedad no se construye obligando al otro a pensar como nosotros.

    Mi apellido es Castañeira.

    Lo llevo con orgullo.

    Y ahora sé un poco mejor quiénes estuvieron detrás de él.

    Jesús. Pablo. Benigna. Virginia.

    Ellos forman parte de mi historia.

    Y conocerla no me obliga a elegir una trinchera.

    Me obliga, simplemente, a no olvidarla.

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