Navidad sentada a la vida

Por :Dra. Almudena Villegas Becerril

Llegan los alborozados días de Navidad. Ya más que en puertas, está sentada con nosotros a la mesa esperando que sirvamos la cena. Ha llegado el frío, llueve y nieva en muchos sitios, se preparan las mesas, los mariscos, los buenos vinos y todas esas golosinas de las que corresponde disfrutar en este tiempo.  Brillan las luces, la gente pasea muy abrigada, muchas casas empiezan a oler a fiesta. 

Aunque a algunos les gusta muchísimo, otros la miran con recelo. Pero nadie escapa de ella, aunque se escabulla a una playa exótica. Ahí está, mirándonos con sus ojos intemporales, a nosotros, que siempre esperamos más. Quizás es mejor dejar que pase, no resistirse duele menos y permite disfrutar de esas migajas que anhelamos por toneladas. Duele porque este también es el tiempo de hacer cuentas, de evaluar la vida, los logros, el tiempo invertido, los afectos. Quizás también es dolorosa porque aparecen como setas los “debe”, mientras el “haber” se empequeñece. 

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Navidad es una época especial, está adornada por el aura de la infancia y los recuerdos del afecto de la familia, aunque también desgraciadamente a veces el de las carencias. Pero, sobre todo, es un tiempo en el que estamos inmersos en las expectativas propias de nuestra época con el anhelo de gozar de más cosas/experiencias/posibilidades, cuyo potencial crece inmensamente. Esperamos más de todos, más de todo. Y para que alguien reciba, otro alguien tiene que dar, merece la pena reflexionar sobre esto. Es precisamente en esa entrega donde es posible encontrar más afecto, todo el que queramos, porque sólo depende de nuestra voluntad. El generoso tiene la fortuna de recibir más de lo que da. 

Somos una extraña sociedad, la mejor y más dotada en toda la historia de cualquier tipo de confort y posibilidades. La más rica, en la que mayor cantidad de personas pueden disfrutar de vidas cómodas y amables. Sin embargo, no sabemos, no queremos no somos capaces de gozar de los privilegios que hemos alcanzado. Todo sabe a poco y siempre ansiamos más; es sorprendente, casi sobrecogedor, pensar que hace unas decenas de años la gente era feliz con muchas menos cosas y, sobre todo, con unas expectativas mínimas. Y lo conseguían. 

Quizás sea porque Navidad también es el tiempo de las emociones, que son las que nos engañan y nos provocan ese anhelo de más. Pero nadie, nunca, nunca, lo tiene todo, aunque siempre nos parezca que sí, que es a nosotros a quién nos falta. Hay que ser precavido con las emociones, porque son engañosas, aunque por otro lado nos modelan como personas, a veces hasta nos hacen ser mejores personas, pero no podemos hacerlas capitanes de nuestra vida porque nos convierten en máquinas autodestructoras. Séneca decía que en la vida era necesario colocar primero la razón, el equilibrio, y después la emoción. 

Sin embargo, hay una emoción que valoro mucho, y de la que se puede beber de cuando en cuando en copa pequeña. Es la hermosa, decadente y sosegada nostalgia. Incomprendida también. Somos en parte nuestro pasado, nuestros errores y aciertos, la suerte que nos ha acompañado, las penas y las glorias. El afecto recibido y el amor entregado. Los errores que nos enseñaron, las aventuras disfrutadas. Atesorar unos gramos de nostalgia nos ayuda a reevaluar la vida, a reflexionar sobre el futuro, a valorar el presente con más serenidad. Es posible que una de estas tardes nos invada la nostalgia recordando a las personas que hicieron nuestra vida más feliz, que nos enseñaron, o que nos hicieron reír; y es una gran suerte haber acaparado hermosos recuerdos durante la primavera, para disfrutar de ellos una tarde de Navidad, observando la lluvia por la ventana. Resulta de una belleza incomparable recordar esos momentos estelares de un pasado que vivimos, y paladear su memoria. 

Y Navidad a veces trae consigo, a veces, estos días especiales, con todo ese equipaje vital repletode recuerdos. Déjate llevar por ellos un rato, contempla la vida que te ha traído hasta aquí. El ruido de fuera no es tan cierto como tu propia vida con sus recuerdos y sus historias. No importa dejarse llevar, es infinitamente peor ahogarse de brillos y algarabía, o renunciar a una lágrima. Pero hasta esta emoción tiene su fin, dije que sólo una copita. 

Después hay que seguir, hay que regalar Navidad a los jóvenes, a los mayores, mostrarles la alegría, porque también está repleta de gozos. Recuperar, alentar un espíritu que es el que hizo nacer el sentido último de estos días, el del Niño que llegó a este mundo complejo y egoísta para proporcionarle un hálito de esperanza.  

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Ir a la cocina, preparar el consomé con la receta de madre, regalar el tiempo necesario al pavo trufado, cantar algún villancico de nuestra tradición, más rica, más centenaria, más extraordinaria que la anglosajona. Paladear una copa de vino amontillado mientras se cocina esa cena tan especial. Regalarnos tiempo para las bromas, las risas y la familia. 

Navidad es maravillosa y especial, y han sido unos años tan duros que merece la pena dejarnos arropar entre las olas de calidez que nos trae esta, un año más. Aprender a elegir qué cosas son importantes puede ser un buen objetivo para estos días. Porque hay unas cuestiones que merecen la pena, y otras muchas que no… para elegir bien nos puede ayudar la reflexión de Marco Aurelio, el emperador filósofo: 

Dios mío, dame fuerzas para aceptar lo que no puedo cambiar, la voluntad de cambiar lo que puedo cambiar y la sabiduría para distinguir lo uno de lo otro. 

Feliz Navidad a todos, gozad de la compañía, de la mesa, y de la preparación y sobre todo del presente, que es lo único que de verdad tenemos.

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