Mi primer Halloween en Canadá; Cuando la muerte se decora y la vida se celebra.

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    Inauguramos esta nueva sección con una festividad que, año tras año, conjuga la magia y el misterio: ¡Halloween!

    Por:Alba Esteban

    Crecimos viendo películas en las que los estadounidenses convertían sus hogares en escenarios dignos de un estudio de cine. Decoraciones minuciosas, figuras gigantes, luces que parpadean al compás de un sonido inquietante… Todo rozando lo extravagante, si lo miramos desde nuestros ojos españoles. Pero para mí, Halloween va mucho más allá de una estética exagerada: es un punto de encuentro entre la ficción y la memoria, entre el juego y el duelo. Es, sobre todo, una herramienta que hace el paso por la ausencia mucho más llevadero, especialmente para los más pequeños.

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    Para los adultos, es una excusa perfecta para reconectar con el niño interior. Una noche al año donde el maquillaje no tiene que estar perfecto, y donde el peinado más alborotado —y el disfraz más improvisado— son absolutamente válidos. Es ese instante en el que las generaciones se trenzan, donde el miedo se vuelve una fiesta y el grito desemboca en risa. Una celebración tan vibrante de la vida como de la muerte.

    Curiosamente, a diferencia de la tendencia en España, en Norteamérica no siempre apuestan por disfraces terroríficos; más bien, se disfrazan como lo haríamos aquí en Carnaval. Lo que nunca falta es la decoración: fachadas, jardines, ventanas… cualquier rincón sirve para desplegar creatividad. En mi vecindario, el despliegue ha sido tan variado como sus habitantes. Algunos con más recursos, otros con más imaginación… porque, seamos sinceros, ¡decorar para Halloween no es precisamente barato! Aunque, eso sí, la mayoría de elementos se pueden reutilizar año tras año. Lo que realmente me sorprendió fue pasear por la zona residencial más exclusiva de la ciudad y toparme con auténticas puestas en escena: figuras animadas de todos los tamaños, efectos de sonido, luces que recreaban ambientes sobrenaturales… Un despliegue visual impecable. Pero, como suele ocurrir con todo lo novedoso y fascinante, no pasó mucho tiempo hasta que alguien lo compartiera en redes sociales. Lo que es único se viraliza, y lo viral, inevitablemente, se masifica. Así lo viví al visitar la calle Church, invadida por una multitud ansiosa por empaparse de esa atmósfera festiva. El entusiasmo era contagioso, la creatividad, admirable.

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    Y, por encima de todo, algo que me ha maravillado en los nueve meses que llevo en Canadá: la costumbre de alabar. Aquí, el halago es una forma de socializar; de reconocer el esfuerzo ajeno, lo grande o pequeño de lo que admiran. Puede que a quienes no estamos acostumbrados nos resulte exagerado, pero, sin duda, se agradece. Porque en una noche donde la risa y el miedo se entrelazan, las palabras bonitas también celebran la vida.

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