Halloween o Todos los Santos: ¿por qué elegir?

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    Hay tradiciones que heredamos, otras que llegan de fuera y algunas que, casi sin darnos cuenta, terminan formando parte de nuestra vida. Octubre y noviembre son un buen ejemplo de ello. Durante unos días conviven calabazas, disfraces, caramelos y fiestas con flores, cementerios y recuerdos de quienes ya no están. Y, aunque a veces parezca que hay que elegir entre una cosa y otra, quizá no sea necesario.

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    El recuerdo de Todos los Santos: solemnidad y cambio con los años

    Quienes crecimos en España hace unas décadas recordamos el Día de Todos los Santos de una manera muy distinta a como lo viven hoy muchos niños. La noche de difuntos tenía algo sombrío, incluso inquietante. El 1 de noviembre era una fecha marcada por las visitas al cementerio, las flores y el recuerdo de familiares y amigos fallecidos. La muerte estaba presente de una forma solemne, ligada al silencio, al respeto y a cierta tristeza que parecía inevitable.

    No reniego de esa tradición. Forma parte de nuestra historia y de nuestra manera de entender el recuerdo. Pero también reconozco que, con los años, mi forma de vivirla ha cambiado. No necesito esperar al 1 de noviembre para visitar a los míos, llevarles flores o detenerme a pensar en ellos. Tampoco creo que el cariño dependa de una fecha concreta. Hay ausencias que nos acompañan durante todo el año, en un gesto, una conversación, una fotografía o un recuerdo que aparece cuando menos lo esperamos.

    Halloween sin perjuicios: transformar el miedo en diversión

    Y quizá por eso miro Halloween con bastante naturalidad.

    No lo veo como una amenaza a nuestras costumbres, sino como otra manera de acercarse a una fecha que tradicionalmente ha estado relacionada con la muerte. Para los niños, Halloween tiene algo de juego, de misterio y de aventura. Los disfraces, las calabazas, las chucherías y el famoso «truco o trato» transforman el miedo en diversión. Y me parece que eso también puede tener su valor: aprender que la muerte existe, sin que todo lo que la rodea tenga que vivirse necesariamente desde la tristeza.

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    Los orígenes de la fiesta: el Samhain celta y el Día de Muertos en México

    Además, hay una idea bastante extendida que conviene matizar: Halloween no nació en Estados Unidos. Sus raíces se encuentran en antiguas tradiciones celtas de Europa, especialmente en Irlanda y otras zonas de las islas británicas. La celebración de Samhain, vinculada al final de la cosecha y al comienzo de la estación oscura, fue evolucionando con el tiempo. La emigración irlandesa y escocesa llevó estas costumbres a Norteamérica, donde adquirieron muchas de las formas populares que conocemos hoy.

    También resulta interesante mirar hacia México, donde el Día de Muertos tiene una personalidad propia. Sus altares, flores, ofrendas y celebraciones familiares expresan una relación con los difuntos en la que el recuerdo se convierte en una presencia compartida. Es una tradición con raíces indígenas y aportaciones católicas, reconocida por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial. No es simplemente otra versión de Halloween: responde a una historia y a una cultura diferentes.

    Convivencia cultural en España

    En España, mientras tanto, Halloween se ha instalado en las calles, los colegios, los comercios y las fiestas. Los niños salen disfrazados, llaman a las puertas y regresan con sus bolsas de caramelos. Al día siguiente, muchas familias mantienen la costumbre de acudir al cementerio, llevar flores y recordar a sus seres queridos. Otras lo hacen en fechas distintas, o encuentran su propia manera de mantener vivo ese vínculo.

    ¿Dónde está el problema? Yo no lo veo.

    No creo que incorporar una costumbre de fuera signifique renunciar a la nuestra. Las tradiciones no son piezas de museo que debamos conservar intactas para demostrar que somos fieles a nuestra historia. También evolucionan, se mezclan y se adaptan a cada generación. Eso no obliga a nadie a celebrar Halloween, del mismo modo que nadie debería sentirse obligado a vivir Todos los Santos de una manera determinada.

    Me recuerda un poco a San Valentín: no necesitamos esperar al 14 de febrero para querernos. Pero hay quien disfruta celebrándolo y quien prefiere demostrar su cariño de otra forma. Ambas opciones me parecen igual de respetables.

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    La riqueza de elegir libremente nuestras tradiciones

    Quizá la verdadera riqueza esté en poder elegir. Conocer nuestras costumbres, entender las que llegan de otros lugares y decidir libremente qué queremos incorporar a nuestra vida. Podemos conservar el respeto y el recuerdo de quienes ya no están, y al mismo tiempo dejar que los niños disfruten de una noche de disfraces y caramelos.

    Una cosa no tiene por qué borrar la otra.

    Al final, cada familia tiene sus recuerdos, sus creencias y sus maneras de celebrar. No necesitamos convertirlas en una competición ni decidir qué tradición es mejor. Podemos visitar un cementerio, encender una vela, preparar un altar, disfrazarnos de brujas o repartir chucherías. O no hacer nada de todo eso.

    La tradición también puede ser una elección, y la libertad de vivirla a nuestra manera es, quizá, la mejor costumbre que podemos conservar.

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